Camino de Santiago – Comienza la ruta oficial

Segunda parte

Los doce kilómetros que separaban Sabiñanigo de Jaca se me hicieron larguísimos. Así que el lunes lo dedique a visitar Jaca de arriba a abajo y a sacarme la credencial como peregrino, sí sí, lo habéis leído bien, hasta ahora no llevaba nada que indicase que estaba haciendo el camino de Santiago…

La acreditación con el refresco

también fui a la farmacia, pille espray anti-mosquitos, ibuprofeno y una faja para la espalda pues me dolía cacho por la mochilita que llevaba a cuestas. También pregunte por las rodilleras que tenían pero el farmacéutico me aconsejo de utilizar correctamente el réflex y no forzar la rodilla.

En Jaca fue el primer lugar donde vi el primer cartel del menú del peregrino a 7,50€ estaba dicho menú… podría escribir un libro de porque estoy en contra del menú del peregrino y abrir una plataforma en facebook pero me conformare en decir por aquí que simplemente es un robo, he llegado a ver menú de peregrino a 12€… ¡que lo nombren menú del día y se dejen de sandeces!!

Al día siguiente monte el equipaje a la bici y me dirigí a la iglesia donde me saque la credencial para iniciar mi aventura por el camino aragonés. Empecé a perseguir las conchas o vieiras metálicas que estaban incrustadas en la calle y en la tercera calle ya deje de verlas. Pregunté a un buen hombre mayor y sin darme cuenta de mi forma de llamar a las conchas le dije: ¿perdone caballero llevo un rato persiguiendo pechinas y las he perdido de vista, sabe usted por donde continúan? por lo cual el abuelo que hasta entonces no me di cuenta de la pinta de payés que tenía me contestó: ¿persiguiendo qué?

Después de aclarar el asunto me indico que todo es “a allí” y me hizo un gesto con la mano. No quede muy convencido pero confié en él y después de dar varias vueltas encontré la siguiente pechina (aviso a partir de ahora será pechina hasta el resto de mis días) el camino me lleva por una tremenda cuesta que me hace bajar de la bici y empujar. Llego arriba sudando y me encuentro que tengo que bajar por una carretera, me subo a la bici y mientras desciendo me pongo a beber agua con el bidón en la mano derecha, veo que la carretera da un brusco giro a la derecha más o menos un

Monumento al apóstol en Santa Cilia

ángulo de 180 grados pero el camino sigue recto por un sendero que enseguida veo que se convierte en barranco, aprieto el freno delantero pues era la única mano que tenía libre y noto como la maneta se hunde hasta tocar manillar y la bici en vez de frenar acelera… me veo obligado a tirar el bidón por los suelos y a frenar de una manera muy brusca con

el freno trasero hasta conseguir pararme antes de salirme de la calzada ¡casi me mato! intente bombear varias veces el freno delantero por si cogía presión pero me fue imposible, al parecer entraba aire por alguna parte del circuito hidráulico. Continuo hasta llegar a Santa Cilia donde me doy un rodeo por la pequeña aldea, menos mal que era pequeña pues no encontraba la salida. Al final encuentro otro que como yo está haciendo el camino de Santiago en bici. Le doy caza y nos presentamos, se llama Carlos y el hombre es de Zaragoza. Yo encantado por tener algo de compañía nos dirigimos a Atesa para hacer la parada a comer. El camino me demostró que los soportes del trasportín que eran de alambres pues se rompieron previamente las bridas de plástico al salir de casa, no aguantarían mucho. Por la tarde ya, después de haber pasado por un ascenso bastante duro de siete kilómetros y quedarnos prácticamente sin aguan Carlos y yo nos paramos en Ruesta para conseguir agua. Nos encontramos con Andrés que al igual que nosotros también estaba haciendo el camino de Santiago en bici. Pregunta si puede unirse a nosotros y así comienza nuestra aventura los tres dirección a Sangüesa. En Sangüesa me encontré con el primer dilema. En realidad fue el único de esta índole en todo el camino a pesar que fuese perdiendo otros objetos como sandalias (perdí dos pares) o el cargador del móvil. Me robaron el neumático que me compre en Huesca. Supongo que al montar la tienda de campaña en el camping y poner todo el equipaje de la manera más rápida posible para ir al mecánico a que me arreglasen el freno delantero hizo que dejase el neumático fuera de la tienda y alguien amigo de lo ajeno se lo quedo… que le vaya bonito y se le reviente tres veces!!Al día siguiente nos despedimos de Carlos que tenía más prisa que Andrés y yo. Si creía que el día anterior había sido bueno es porque no sabía que me esperaba las horas y días siguientes…

Adelantare diciendo que esta formación (Andrés y yo) duró hasta Santiago!! (Tengo que admitir que en algunos momentos pensé que la bici de Andrés no llegaría al destino, amigo ¡esa bici se merece un monumento!) Y es que el primer día juntos y se cargó tres radios… yo por mi parte tampoco tuve suerte y rompí varias veces los alambres que sujetaban el trasportín ¡vaya dos! Creo que sin estos momentos el viaje habría sido mucho más aburrido. Nos desviamos a Pamplona para reparar las bicicletas pero era 15 de agosto… fiesta en toda España ¡y todas las tiendas cerradas! Esperamos al día siguiente y ya me cambie el neumático trasero de paso.

Alto del Perdón

Viajar con Andrés fue una pequeña odisea de aventuras inesperadas. Subir el alto del perdón, el baño que nos dimos en

Molino de viento, Alto del Perdón

Torres del Río o la pelea inesperada del tabernero con el borracho que tuvimos que soportar aquella cálida noche de Logroño solo fueron las primeras. Aquel ¡¡OSTIA PUTA!! Al romper el pedal izquierdo te lo arreglo el mismísimo mecánico de Miguel Induráin en Estella. Aquellas dos horas perdidas esperando la vuelta ciclista España en Viana sirvieron para conocer a Griselda, una chica catalana que estaba haciendo el camino a pie. También conocimos a tres catalanes que después nos volvimos a encontrar en Belorado, viajaban el chico con su tío  y una amiga suya que a la vez su tío era el entrenado de esta chica que resulta que es campeona de España de atletismo y tiene el récord de los 3.000m (no me acuerdo si lisos o con obstáculos) en definitiva, casi conozco toda sus vidas menos sus nombres!! Si alguna vez leéis esto espero que os pongáis en contacto conmigo porque me encantaría ponerme al día y ¡¡aprenderme vuestros nombres!! Mala manía la mía la de no preguntar…

Llegamos a Burgos con dos chicas Nadia y Marie, de Orense y francesa respectivamente. Visitamos a unos amigos míos, David y Sandra que nos llevaron a visitar la ciudad y fuimos a cenar a una sidrería. Gracias a Nadia nos enteramos que el albergue cerraba a las 22:30 tuvimos que atravesar andando toda la ciudad con el tiempo pegado al culo para recoger las bicis y el equipaje, volver a la sidrería y dormir en casa de David y Sandra. Valió la pena sin lugar a dudas.

Cena llena de sidra

De ahí partimos otra vez solos e hicimos parada en Carrión de los Condes donde nos encontramos con una mega fiesta loca montada por dos bares, todo un espectáculo a pesar del ruido que formaban. Al día siguiente batimos el récord de kilómetros por día, fueron 130, los primeros 17 kilómetros fueron en línea recta y los 12 últimos sin alforjas pues los llevaban en coche a casa de los padres de Helena, amiga de Andrés y ahora amiga mía. Todo un lujo poder disponer de amigos así. Al día siguiente reparamos las bicis por la mañana y por la tarde Helena nos enseñó León, una ciudad de visita obligada donde encontramos la casa botines construida por Gaudí, una catedral del siglo XIII en reformas y un buen barrio donde pasar el rato con el tapeo y una buena sidra.

Los tres descansando junto a Gaudí

Todo lo bueno se acaba y los días de descanso también así que nos despedimos de Helena

La cruz verdadera del Alto del Ferro

y su familia y volvimos a la carga con nuestras bicicletas. Al parecer conseguí hacer que las vibraciones que tenía en el manillar desapareciesen en un 90% así que estaba considerablemente contento. Paramos a almorzar en Astorga delante del palacio episcopal que hizo Gaudí, al parecer le he cogido el gusto de buscar edificaciones de Gaudí fuera de Catalunya.  Después del pequeño descanso fuimos en busca de uno de los puntos míticos del camino francés, el alto del Ferro. Consiste en un puerto de montaña considerablemente duro donde en lo alto del todo encontramos una cruz de hierro donde la tradición nos dice que tenemos que coger una piedra, escribir o pedir un deseo y tirarla a la cruz. Todo es muy sencillo hasta que descubres que hay más de una cruz de hierro por el camino y que por circunstancias tú ya has tirado una piedra en la primera como otros tantos peregrinos que, antes de tu llegada, pensaron que esa primera cruz impostora era el alto de que todos llamaban Alto del Ferro. A pesar de todo tengo que decir que la segunda y por consecuencia la original, tiene muchas más piedras, neumáticos y recamaras colgando de la cruz, pintadas y anotaciones escritas deseando paz y buen camino a todos los caminantes que en la primera. Esto será supongo al gran trabajo de las guías que podemos comprar hoy en día, de los peregrinos que intentan ayudar un poco a futuros peregrinos.

Ascender tanto tiene cosas divertidas y eso se llama descenso. Lo mejor de la subida del Ferro es la bajada a toda velocidad persiguiendo un coche que minutos antes lo había dejado pasar. Por entonces ya había roto el freno trasero y solo iba el delantero así que me lo pase considerablemente bien. La bajada termina en Molina Seca, un pueblecito pintoresco donde poder parar a descansar pero nosotros continuamos hasta Ponferrada donde encontré el primer albergue para peregrinos a donativo.

Palacio episcopal de Astorga by Gaudí

Al día siguiente partimos del albergue y al poco rato adelantamos a una chica que la reconocí inmediatamente, la vi salir por la mañana una hora y pico antes que nosotros. Me llamo la atención entonces y después también. La adelanto y le doy el buen camino como hay costumbre entre peregrinos, acto seguido después de subir la cuesta espero a Andrés y acto seguido ella nos da una señal con la mano para que la esperemos. La pobre estaba agotada llevaba una hora y pico pedaleando perdida para llegar otra vez al pueblo y tener que empezar de nuevo y el destino hizo que nos encontrásemos los tres justo en el punto donde ella se equivocó. No lo sabía pero acababa de conocer a la segunda estrella peregrina del camino de las cinco en total que conocí. Recorrimos al final todo el día juntos, pasamos una pequeña aldea llena de vacas e hicimos la ascensión a O Cebreiro. Al llegar nos quedamos asombrados al ver aguanieve caer del cielo a 19 de agosto, sin palabras. Allí decidimos pasar la noche pero resultó que el albergue estaba lleno y no teníamos donde dormir. Pedimos permiso al cura para acampar en los terrenos de la iglesia y como Andrés no tenía un saco adecuado para acampar el sacerdote nos dijo que nos dejaría una manta así que quedamos a las 9 de la noche con él. Fuimos a ducharnos en el albergue y nos pusimos a charlar con unos peregrinos cuando nos dimos cuenta que ya eran casi las nueve. Fui el primero en preparar la bici y salir pitando para la iglesia pero al llegar ya estaba cerrada. Empezamos a buscar al cura por todos los rincones de la tierra. Estaba lloviendo, hacía un rato que ya no caía nieve, empezamos a aporrear a una puerta del edificio de al lado de la parroquia para ver si encontrábamos al hombre cuando se nos acerca una mujer rubia que en su juventud seguro que fue hermosa, empezó a echarnos bronca diciendo que estaba harta  que los peregrinos se pasasen en el hotel o hostal que era ese edificio preguntando por el cura, etc, etc… Le explicamos nuestra situación y el problema con la manta y entonces ella nos escuchó con atención y su rostro expreso la mayor compasión que se pueda reflejar en una persona. Nos acogió en su casa después de una persecución al taxi que nos guiaba de noche y lloviendo. Allí pudimos conocernos mejor. Se llama Laura, canadiense que viajó a España a hacer el camino de Santiago y enamorándose del lugar se quedó con una hermosa casita a la vista de las montañas. No sé si leerás esto pero si lo haces que sepas que aprendí mucho ese día y me aficione a los tés.

Al día siguiente nos despedimos de Laura en su casa y continuamos nuestro camino. También nos despedimos a medias de Cristina en el inicio del alto del Poio pero la perseverancia de esta chica hizo que nos alcanzase mientras nosotros almorzábamos. Tengo que decir que lo pase mal en la bajada con solo el freno delantero. El día fue duro y como el que no quiere la cosa el camino nos demostró que es una prueba no solo para los hombres sino también para sus monturas. En medio del bosque se rompió la cadena de la bici de Andrés… con el recambió del eslabón de la cadena que tenía Andrés, la herramienta para reparar la cadena que tenía Cristina y mi maña pudimos repararla, eso sí, ensuciándose las manos. Continuamos hasta llegar a Sarria. Allí sí que nos despedimos de Cristina y continuamos hasta llegar a Portomarín. Andrés compra los billetes de avión para volver a Barcelona. Ya solo quedan 2 días.

El día amaneció nublado. Nada más salir del albergue ayudó a un chico que se le había clavado la cadena entre los platos 1 y 2 y no conseguían desbloquearla. Se huele en el ambiente la cercanía de Santiago, es como una ligera brisa que reconforta, te relaja y a la vez te da la energía. Partimos deseándole los buenos caminos correspondientes a cada peregrino y supongo que a alguno no se lo diríamos porque tuvimos un día de lo más complicado. Para comenzar se puso a llover con muchísima niebla lo que nos hacía refrenar la marcha. Sabíamos que era un día clave y que no podíamos  fallar. Mientras el camino fue por carretera íbamos en fila lo más pegado posible por si teníamos problemas. El camino se desvió a través de la montaña y un nuevo ¡JODER! me hace mirar a Andrés. ¡Se le había vuelto a romper la cadena! El rostro de preocupación de los dos lo decía todo. Teníamos que llegar a Santiago pues el avión salía al día siguiente y los problemas mecánicos nos perseguían. Andrés sacó su último eslabón de repuesto, teníamos mi maña pero nos faltaba la herramienta de Cristina. Juntos hacíamos el triángulo perfecto pero sin la herramienta… Al final y después de ver cómo nos adelantaban todos los peregrinos a pie diciéndonos ¡Buen camino! (¿Buen camino? te puedes meter el buen camino por donde te…!!) pensé, ¡Buen camino! dije… Después de mucha perseverancia y de machacarnos los dedos conseguimos arreglar la cadena. Volvimos a adelantar a todos los peregrinos y a pedalear con ganas dirección al monte del Gozo donde teníamos pensado pasar la última noche cuando en un momento de indecisión en un cruce vuelvo a escuchar un nuevo ¡OSTIA PUTA! Me giro y veo que Andrés no aparece en el inicio del camino. Empiezo a preocuparme por él, está tardando mucho cuando lo veo aparecer con la bici a cuestas literalmente. Se le había clavado la potencia de la dirección y no podía girar el manillar. No lo había visto nunca algo así. Decidí añadir aceite a saco pero no entraba correctamente a la potencia por lo que quitamos el manillar y la aflojamos, cuando me giró para coger el pote del aceite veo que se abre la potencia liberando literalmente la mitad de las diminutas bolitas y distribuyéndolas por el suelo de tierra. Las caras de ambos lo decía todo. Buscamos las máximas bolas posibles y conseguimos desbloquear el manillar. Teníamos miedo de otra avería y no llegar al destino a tiempo. Andrés tenía el avión por la tarde y tenía que encontrar la manera de devolver la bicicleta a casa, yo pensaba que la terminaría tirando a un contendor… obviamente la bici se merece mucho más. Decidimos terminar por carretera a pesar de las ganas que teníamos de terminarlo por el camino “original” pero mejor así. Las bicis no se quejaron más hasta el final y pudimos descansar en el monte del Gozo.

Entrando a la capital

El día D había llegado. Amanecimos en el albergue más grande que había estado hasta ese momento y la verdad es que más que un albergue parece un campo de concentración… ¡enorme! 5 son los kilómetros que nos separaban de la capital. La tranquilidad con lo que se toma uno el último día es abismal. Al final la entrada es un poco liosa pero fuimos de los primeros en llegar a la catedral y tampoco hicimos mucha cola para conseguir la compostelana. Conseguido el objetivo nos quedaba otro… ¡Comernos la puñetera pechina! así que fuimos a un restaurante donde también hacían pulpo a la gallega. Todo Santiago es muy comercial, tal vez pierde el encanto pero yo no habría cambiado nada en ese momento.

Andrés y yo en las puertas del destino

Teniendo en cuenta y mirando atrás todo lo recorrido, hacer la entrada a Santiago junto con Andrés ha sido la mejor opción. Hemos sido compañeros de viaje pero sobretodo hemos sido amigos sin fallarnos todo el camino. No sé cómo agradecer algo tan grande como esto pero una vez una mujer me explico en Ponferrada que en el camino todo se vive más rápido, así pues si pasas con un peregrino durante un día entero es como si fueseis amigos durante un año, si son dos días pues dos años… ¡Imagínate 12 días juntos! No había podido elegir mejor compañero para semejante aventura.

Lo prometido es deuda

Allí esperamos a Cristina que una vez más nos alcanza para estar con nosotros por la tarde justo antes de que se fuera Andrés. Su bici ya la tenía empaquetada en uno de las muchas empresas que se dedican en Santiago a transportar bicicletas. Andrés se va pues por desgracia nada es para siempre pero me quedo en Santiago unos días para descansar y aprender un poco de la ciudad y como no, lo hago con la compañía de Cristina. Ojala el tiempo y el destino nos hubiese dado más aventuras juntos… pero eso será en otro episodio. Fin de la segunda parte.

La credencial junto a la compostelana!

 

 

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